No estoy el buen hijo (1 de octubre de 2017)

Yo he estado temiendo este Domingo. No solamente por el anuncio del cierre y la venta de la parroquia del Sagrado Corazón en Winlock, pero por el Evangelio de hoy.

En la empieza de esta semana, estaba con mis amigos – otros sacerdotes de la arquidiócesis. Estábamos hablando de las lecturas, especialmente esta lección de Jesús. Dijo Jesús: “‘¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?’”. En nuestra conversación, me daba pena que no estoy el segundo.

El sacerdocio tiene la triple función de predicar, santificar y gobernar – la primera es de predicar – proclamando la verdad a la gente, especialmente por el sermón en la Misa. Yo tengo ayuda extra, porque mi patrón de Confirmación es el San Antonio de Padua. Él era un monje, famoso por su talento de proclamar el Evangelio con fuerza y claridad – tanto que recibió el nombre ‘El Lengua de Oro’. ¡De hecho, yo era ordinado el día de su fiesta! No tengo excusa para fallar en predicar bien.

Muchas veces he oído cumplidos de ustedes diciendo que han disfrutado mis sermones – y me da alegría oírlo. Ustedes digan que hablo bien en estos. Pero quiero decirles hoy que no es cierto. No hablo la Verdad. Tengo miedo de hablarla, de decirles lo que ustedes realmente necesitan oír aquí Misa.

Si yo estuviera el buen hijo del Padre, hablaría de los verdaderos problemas de nuestra comunidad. Yo hablaría del problema de pecados sexuales con que tantos de nuestros miembros, nuestros hijos, nuestros niños están luchando. Yo hablaría de las enfermedades de la pornografía, de la masturbación, y otros actos impuros. Yo hablaría de la plaga la anticoncepción – que tantos han usado – que, por su uso, hemos abortado una generación de los que pudieron ser nuestras familiares, nuestras sacerdotes, nuestros amigos.

Yo hablaría del hecho que tantos de nosotros aquí nunca reciben los sacramentos – que tantos vienen cada domingo con brazos cruzados, viviendo en un estado de pecado, pero haciendo nada para cambiar sus vidas, arreglar sus matrimonios, o pedir ayuda en evitando los pecados que los esclavan. Yo hablaría de los padres, las familias que por su preferencia de tener una fiesta grande esperan por años para bautizar sus niños – dejándoles aparte del Cuerpo del Señor y la gracia que es ofrecido por el sacramento.

Pero no hablo estas cosas. Como el niño primero, evito la voluntad del Señor, diciendo simplemente ‘ya voy, Señor’.

Pero les digo esto – no creo que yo estoy él solo aquí que esta como el primero hijo.

“Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios.” ¿Por qué? Porque ellos han oído la invitación de Jesús y han confesado que necesitan la ayuda para cambiar sus vidas, para convertir sus corazones.

No es suficiente decir ‘yo soy católico’. Creo que la mayoridad de nosotros recibimos nuestro bautizo cuando estábamos niños – no era nuestra decisión, y no es un crédito para nosotros que hemos recibido los dones de la fe. Y no podemos decir ‘yo vengo a Misa, yo digo el rosario, yo estoy justificado’.

Jesús responde a nuestra pretensión – ‘¿es eso así?’ Hay muchas pruebas de lo contrario. Estamos más como el primero niño que queremos reconocer.

Pero tenemos un gran consuelo: que el Señor Jesús ha experimentado nuestra renuencia, nuestro miedo. En Getsemaní, la noche ante de su Pasión – aunque Él sabía la victoria que iba a tener sobra la muerte, el oró a Dios: “Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” ¿Cuantos de nosotros oran la primera parte de esta oración, sino la segunda?

Esto es la invitación del Evangelio – de hoy, de cada día. Que confesamos que no queremos hacer la voluntad del Señor. Que decimos al Señor ‘He oído que quieres que yo cambio mi vida, pero necesito tu ayuda, necesito que cambias mi voluntad.’ Necesitamos ofrecer nuestra en este altar, aquí, hoy, cada Misa.

Nosotros si estamos como el primero niño. Pero hay una esperanza del Señor que un día nosotros vamos confesar y pedir su ayuda. En este momento, Él va a enviar su Espíritu Santo para cambiar nuestra comunidad, nuestras familias, nuestros corazones. Solamente necesitamos pedir que nosotros, en este Misa, en esta celebración, en este altar, ofrecemos la verdad honestamente que ‘no tengo en mi voluntad la fuerza para hacer lo que pides – pero con su ayuda puedo seguir su ejemplo.’

Y el Señor va a responder ‘Por supuesto Yo voy a ayudarte, Yo voy a enviar mi Espíritu Santo.’ Esto es lo que es ser discípulos. Esto es lo que es necesitamos hacer: confesar que estamos débil. Pero por la esfuerza, el poder del Señor, podemos ser fiel.

Author: Father Jacob Maurer

I’m a Latin rite priest of the Archdiocese of Seattle, enjoy most things nerdy, love reading and occasionally have the wherewithal to actually write something around here.